martes, 28 de mayo de 2019

UNA CASA EN LLAMAS

Patriarcado y Medio Ambiente

El Patriarcado está en una crisis tremenda. De un lado las mujeres, con más grados de
consciencia, autonomía y libertad, salen al mundo público, comparten vivencias y
denuncian la violencia sexual. El feminismo se hace palabra y sentido común. Por otro
lado, la crisis medioambiental muestra evidencias, cada día mayores, que la tierra
prometida que creíamos infinita no lo es, que el consumo a escala primer mundo no es
posible en el mundo entero y que el capitalismo depreda no solo animales, también
rompe los equilibrios mínimos y amenaza la vida humana. Y entonces, a las migraciones
por guerras, consecuencia de las peleas por la energía para seguir aumentando
producción y consumo, riqueza y poder, se suman las migraciones por la falta de agua,
que ocasionan los proyectos mineros y forestales de las mega transnacionales.

Y bueno, estos desplazamientos generan miedo que radicalizan los nacionalismos de
derecha y la voz feminista también genera miedo que radicaliza a la derecha. Tenemos
entonces por un lado a una extrema derecha que cunde en apoyo y volumen, su voz cada
vez más iracunda y desalmada…y por el otro, las mujeres, los ecologistas y los pueblos
originarios, movilizándose en distintos planos, no solo para denunciar, también
organizándose, cooperativizando el consumo y la producción, cultivando sus propios
huertos, rezándole a sus propios dioses, en fin, sacándole la lengua al Patriarcado para
vivir y convivir con mayor sustentabilidad y sensatez. A lo que se suman movilizaciones de
diversos grupos que reclaman derechos humanos, salud para todos, educación gratuita,
desprivatización del agua, jubilaciones dignas. Todo lo anterior en aumento, pero aún en
el margen, mientras la gran masa de la población sigue obnubilada con el progreso, sin
ninguna consciencia que su consumo de carne o ropa podría estar contribuyendo al
colapso.

Un colapso que ya comenzó y todo indica que no hay fuerza política para pararlo. Que los
desastres dichos y redichos por científicos y autoridades competentes irán en aumento,
mientras los acuerdos por el clima se desacuerdan. Pero mirando la bola de cristal
también se ve que el eco-feminismo donde confluyen la inquietud ecológica con la de
género será la política de las nuevas generaciones. Porque la fuerza que degrada al
planeta, saqueando la fauna silvestre y las tierras vírgenes, es la misma fuerza machista
que degrada a la mujer, saqueando su territorio íntimo. Y así, la rebelión feminista actual
que circula por occidente “Me Too” se conjuga con la “Rebelión contra la Extinción” que
acaban de declarar los jóvenes, conscientes que su futuro está en riesgo.

Lo otro que se ve es que la oleada feminista actual, desde el momento que llegó a esta
zona tan íntima y universal que es el cuerpo, es bastante imparable. Y ocurre que la
movilización ecologista, frente a los desastres naturales en alza, también resulta bastante
imparable. Esto es muy interesante porque finalmente la emoción de apropiación
machista que denigra a la mujer y vulnera sus derechos, es la misma emoción fundante
del patriarcado que depreda el medio ambiente y amenaza la vida humana. La crisis
ecológica no se solucionará sin el cambio del paradigma machista y viceversa. Y ambos
movimientos están en un punto crítico. El empoderamiento de las mujeres ha llegado a la
realidad y consciencia de que “el machismo mata”. Y por otro lado, el calentamiento
global está matando especies enteras de plantas y animales, matando incluso la
posibilidad que los humanos sigamos viviendo en la tierra.

Lo insólito es que estas movilizaciones sean tan reducidas dada la magnitud de la crisis. Yo
misma puedo tener mucha consciencia desde un hemisferio del cerebro, pero en el otro
se me olvida. Hago algunos gestos de Recicla-Reduce-Reutiliza pero tan mínimos que dan
risa. Me subo a un avión contenta sin preocuparme de la huella de carbono que ese viaje
implica, disfruto de los calorcitos y falta de lluvias de otoño, sin asociarlo con el
calentamiento global y la sequía. Aferrada a patrones culturales de consumo que suponen
una producción infinita, vivo la vida como si fuese infinita.

Y bueno, la verdad es que la vida del planeta Tierra es bastante infinita: da lo mismo si lo
calentamos 1, 2 o 5 grados, el planeta no se morirá. Más grados no podremos calentarlo
porque antes nos moriremos nosotros. Achicharrados. Lo nuevo es eso: que la especie
humana que creíamos inmortal no está siéndolo. Siempre hay muchas especies que se van
extinguiendo, la novedad es que somos la única especie consciente de su extinción. Una
extinción provocado por nosotros mismos. Y no hacemos nada. O no hacemos lo
suficiente. Un suicidio a gran escala y corto plazo. Y ahí está el drama que denuncian los
niños del “Friday for Future”. Estamos dejando a nuestros nietos sin futuro. Decimos
quererlos pero les vamos a dejar una casa en llamas.

Veo a una chica sueca con largas trenzas que asusta y avergüenza a las elites,
irresponsables del planeta que legaremos a nuestros nietos. Veo a los poderes fácticos
aferrados al mástil de la concentración de la riqueza mientras el barco de su Titanic
avanza con decisión al choque con témpanos de hielo que no quieren (¿o no pueden?)
ver. Veo a miles, millones de niños y niñas cantándole a la esperanza. Miro de nuevo la
bola de cristal y llamas surgidas del fondo de la tierra-útero, me encienden la promesa que
prevaleceremos a pesar nuestro.

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